Si miramos ciertos objetos con atención, con ojos de pirquinero experimentado, podremos ver que en ellos alternan distintos filones de significado. Vetas casi mágicas que, como en un cuento infantil y mediante las palabras precisas, se abren para liberar tesoros inesperados, fragmentos perdidos de nuestros deseos y posibilidades.

Hace veintiocho años atrás encontré en la Acrópolis de Atenas una concita quebrada. Lo sé porque me preocupé de guardarla y catalogarla junto con el resto de piedras que en esa época coleccionaba. Fósiles del norte de Chile, rocas de sus lagos del sur, cuarzos, ágatas y obsidianas que, como niño adorable y nerd que era, me preocupaba de seleccionar. Era curioso y observador. Lo suficiente al menos para distinguir, en el océano de mármol, tierra y cerámicas del suelo de la Acrópolis de 1997, este trozo de mar, que reapareció hace unos años y hoy descansa entre mis joyas, henchido de significado. Porque en este caracol y en su relato se entrecruzan tantos hilos identitarios importantes, entre ellos mi gusto por la arqueología o el entusiasmo de la recolección. También afirma, desde su sencillez, una certeza: la belleza que me atrae es áspera, calcárea y con sabor a sal. Existe en lo fragmentario, a medio camino entre lo marino y lo mineral. Es, tal vez,  una belleza romántica y grecolatina, con vocación de templo arruinado,  un poco fuera de moda.            
Jean-Luc Nancy en su texto “58 indicios sobre el cuerpo, extensión del alma”  señala que el cuerpo no existe como totalidad; “no hay unidad sintética”, escribe. “Hay piezas, zonas, fragmentos. Hay un pedazo después del otro, un estomago, una ceja, una uña del pulgar”. O, podríamos parafrasear, hay un anillo de cristal de roca, un papiro con un poema de Safo, un bajorrelieve de mármol que hoy existe como fuente pero que  antaño fuera parte de una tumba. El pasado, como nuestros cuerpos, se nos revela desde sus fragmentos: vestigios que sobreviven  a pesar de la violencia que el tiempo ejerce sobre las cosas de este mundo. ¿Y como no dejarse cautivar por ellos?. Como Safo al recordar a Anactoria, preferimos los despojos de la antigüedad por sobre las armas brillantes que el futuro promete. Y es que el pasado es generoso con quienes, sin miedo a transformarse en estatuas de sal, se atreven a mirar atrás, perderse en él. En el fondo, el pasado es un buen amante. Su cuerpo fracturado por haces de luz descansa en la penumbra, junto al nuestro. Nos seduce con palabras suaves y misteriosas.



Una cabeza modelada en cera y fundida en plata.
“Estudio de Madona italiana, según Rafael”. Acrílico sobre papel.
Una pieza de lapislázuli tallado.
“Dos amantes”, nácar tallado.
“Retrato”,  pintura al fresco sobre ladrillo.
Un Dios antiguo, tallado en una cuenta de cuarzo.
Piedra tallada.
Una sirena griega: escultura/colgante en bronce, perla y rubíes. 
Un tenedor de plata con un mascarón romano.
“Estudio según Bronzino”. Croquera, acrílico sobre papel.
Un arquero, bajorrelieve tallavo en mármol Travertino.
“Retrato”. Acrílico sobre papel.
Una caja modelada en cera y fundida en plata. Con una perla barroca. 
“Estudios según Goya y Al Fayoum”.  Croquera, acrílico sobre papel.
Cabeza tallada en mármol travertino.
Una cabeza dormida, escultura/colgante de plata.
“Kavi fuma en la cama”. Acrílico sobre papel.
Una cara tallada en una concha de nácar.
“Acteón”, bajorrelieve tallado en columna de mármol blanco.
Una pequeña escultura modelada en cera y fundida en  de bronce.
“Ánima”, colección de esculturas en distintos medios, expuesta en “islas de luz  flotan sobre el pasto”.
Un caballo marino en un colgante de inspiración barroca, fundido a la cera perdida en plata.
Cuarzo tallado.
“Kavi”, acrílico sobre tela.
Una escultura/peine, modelada en cera y fundida en plata.
Un anillo “barco”: dos cabezas romanas engarzan una perla barroca.
“Un beso”.  Croquera, acrílico sobre papel.
 Croquera, acrílico sobre papel.
Camafeo tallado en caracol.
 Acrílico sobre papel.
Cabeza tallada en cuarzo.
“Anatole”.  Acrílico sobre papel.
Dos cabezas fragmentadas de plata.
“Naipe”, gouache sobre papel.
Un espejo de plata.
“Estudio de fresco italiano”, acrílico sobre papel.
Un estudio en vidrio soplado.
“Estudio de bajorrelieve romano”, gouache sobre papel.
“Fabrizio”, acrílico sobre papel.
Un collar de plata. Las cabezas fundidas a partir de una reducción de los “Luchadores”, copia romana de un original Helenístico, hoy conservado en Florencia.
Cobre esmaltado.
Una medusa de plata.
“Estudio de fresco italiano”. Acrílico sobre papel.
Una colección de joyas de inspiración clásica.
Gouache sobre papel.
“Mati sobre fondo azul”. Acrílico sobre tela.
Una caracola tallada.
Un peine submarino.
Una cara tallada en un anillo de ágata.
“Estudio de Fabrizio”, acrílico sobre papel.
Un collar de bronce inspirado en otro pintado en un fresco pompeyano.
Un brazalete de anticuario.
Acrílico sobre papel.
Una cabeza de plata.
Dos cabezas fragmentadas, fundidas en bronce.
“Cris”, acrílico sobre papel.
Colección de distintas piezas.
Una colección de joyas de plata.
“Un beso”, gouache sobre papel.
Tres cabezas talladas en un hueso encontrado cerca del mar.
“Estudio según retrato italiano y manierista”. Acrílico sobre papel.
Una escultura romana en su hornacina. Colgante modelado en cera y fundido en plata.
“Estudio de un fresco italiano”. Acrílico sobre papel.
“Estudio de madona italiana”. Acrílico sobre papel.
Una cabeza antigua modelada en gres.
Escultura modelada en cera y fundida en plata.
Un collar “bizantino”.
“Hombres estrellados”, gouache sobre papel.
Un granate engastado entre dos cabezas clásicas. Bronce.
Croquera, acrílico sobre papel.
“Cabeza”, piedra tallada y pigmentos.
Estudios de camafeos romanos, acuarela sobre papel.
Un tenedor de “anticuario”. Modelado en cera, fundido en plata.
“Dos hombres, un beso”. Gouache sobre papel.
Estudio para mural pintado al fresco. Gouache sobre papel.
Estudio de cabeza etrusca, gouache sobre papel.
Gouache sobre papel.
San Sebastián, modelado en cera y fundido a la cera perdida.